¿Por qué los universitarios ya no leen?

Un giro cultural que está cambiando las aulas
11/02/2026Tomás ValverdeTomás Valverde

En los pasillos de muchas universidades de Estados Unidos y otras partes del mundo está sucediendo algo llamativo: cada vez es más común que estudiantes opten por no acabar los libros que se les asignan o simplemente eviten lecturas prolongadas. Lo que hace quince años era normal —leer varias obras completas por semestre— hoy se siente como un ejercicio exótico.

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El profesor Jonathan Malesic, de la Universidad Metodista del Sur, cuenta que hace más de una década podía pedir nueve libros completos en su curso sin que los alumnos se quejaran demasiado. Hoy, confiesa, ni siquiera asigna un libro entero desde hace años porque la respuesta de los estudiantes y su capacidad de concentración han cambiado drásticamente.

La lectura ya no es una prioridad —ni en la universidad ni en la vida profesional
No se trata sólo de pereza o falta de hábito. Según Malesic, la forma en que la sociedad valora el trabajo intelectual ha evolucionado: las universidades enfatizan cada vez más la empleabilidad práctica, y la cultura digital promueve resultados inmediatos. En este panorama, dedicar horas a leer novelas, ensayos o textos filosóficos parece poco rentable frente a otras habilidades que, supuestamente, “paguen mejor” o se aprendan más rápido con herramientas tecnológicas.

La inteligencia artificial, los resúmenes instantáneos y la lectura de fragmentos en redes sociales han redefinido qué es “eficiencia” en el estudio. En videos breves y gurús de productividad, los trabajos intelectuales aparecen como algo opcional, cuando no irrelevante. ¿Para qué invertir tiempo en entender una idea compleja cuando hay atajos que prometen resultados rápidos?

La cultura de la inmediatez contra la profundidad
Este fenómeno no es aislado: investigaciones sobre hábitos de lectura muestran tendencias similares. Las generaciones más jóvenes, inmersas en pantallas y contenidos fragmentados, tienden a preferir textos cortos, “snacks” informativos o resúmenes digitales antes que lecturas extensas. En términos técnicos, muchos adultos jóvenes presentan alta alfabetización funcional pero baja motivación para la lectura profunda, un estado que los expertos llaman aliteracia: pueden leer, pero eligen no hacerlo.

Además, la educación previa —desde la escuela primaria hasta la secundaria— ha disminuido la cantidad de obras completas asignadas, favoreciendo ejercicios breves y preparación para pruebas estandarizadas en lugar de inmersiones largas en textos clásicos o complejos.

¿Qué implica este cambio?
Leer profundamente no sólo transmite información: entrena la mente, amplía vocabulario, afina el pensamiento crítico y fortalece la capacidad de empatizar con perspectivas distintas. Perder este hábito podría afectar no sólo el rendimiento académico, sino también la forma en que pensamos y nos comunicamos.

En clase, sin embargo, Malesic ve una luz positiva. Aunque muchos estudiantes huyen de páginas interminables, hay quienes se enganchan cuando se les da la oportunidad de debatir ideas, preguntar y conectar textos con sus experiencias propias. Para él, la lectura resistente no ha muerto; simplemente está esperando una forma nueva de surgir.

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