
El talento joven no está concentrado en Silicon Valley: el problema es dónde decidimos mirar
Tomás ValverdeOpinión
Imaginemos por un momento a dos jóvenes con exactamente la misma capacidad.
Uno nace cerca de una gran universidad estadounidense, habla inglés, tiene acceso a inversores y crece en un ecosistema acostumbrado a convertir proyectos universitarios en empresas.

El otro nace en una ciudad pequeña de América Latina, África o Asia, estudia en una institución con recursos limitados y necesita dedicar parte de su tiempo a resolver problemas económicos familiares.
¿Tienen realmente las mismas posibilidades de que el mundo descubra su talento?
Evidentemente no.
Y esa diferencia debería preocuparnos.
El talento es universal; las oportunidades no
Nos hemos acostumbrado a construir mapas de innovación.
Silicon Valley. Boston. Londres. Tel Aviv. Singapur.
Esos ecosistemas existen y su éxito merece ser estudiado. La concentración de universidades, capital, empresas y personas altamente capacitadas genera condiciones extraordinarias para innovar.
El error consiste en confundir concentración de oportunidades con concentración de talento.
Una persona excepcional puede nacer en cualquier lugar.
Lo que no nace en cualquier lugar es un laboratorio equipado, una red de inversores o una institución capaz de financiar durante años una idea que todavía no produce resultados.
Por eso muchos de los jóvenes que terminamos reconociendo internacionalmente provienen de los mismos ecosistemas.
No necesariamente porque allí nazcan las mejores ideas, sino porque allí existen mejores mecanismos para descubrirlas, financiarlas y amplificarlas.
Innovar desde la escasez
Hay otro tipo de innovación que merece mucha más atención: aquella que surge precisamente porque faltan recursos.
Cuando un hospital cuenta con todos los equipos necesarios, mejorar un procedimiento puede significar hacerlo más rápido.
Cuando el hospital más cercano se encuentra a horas de distancia, innovar puede significar inventar una solución completamente distinta.
Esa diferencia produce proyectos fascinantes.
En distintas regiones del mundo, jóvenes desarrollan tecnologías médicas de bajo costo, sistemas de potabilización, soluciones energéticas, herramientas educativas y productos creados para funcionar donde la infraestructura es limitada.
No son versiones pobres de tecnologías desarrolladas en países ricos.
En muchos casos responden a preguntas diferentes.
Y algunas de esas respuestas terminan siendo útiles para todos.
El idioma también construye invisibilidad
Internet prometió democratizar el conocimiento, pero buena parte del ecosistema científico, tecnológico y empresarial internacional continúa funcionando en inglés.
Eso genera una barrera menos visible que la económica.
Una innovación publicada por una universidad prestigiosa estadounidense puede recorrer medios de todo el planeta en cuestión de días.
Un proyecto igualmente interesante desarrollado en español, portugués, árabe o suajili puede permanecer durante años dentro de sus fronteras.
Los medios internacionales encuentran aquello que saben buscar.
Y solemos buscar donde ya encontramos antes.
Se produce entonces un círculo: determinados países reciben más cobertura porque allí aparecen más innovadores conocidos y aparecen más innovadores conocidos porque esos países reciben más cobertura.
Romper ese círculo exige trabajo.
América Latina debería mirar más a América Latina
En nuestra región existe además una dependencia cultural particularmente llamativa.
Un joven latinoamericano puede ser reconocido primero por una institución estadounidense o europea para que recién entonces los medios de su propio país descubran que existe.
Necesitamos preguntarnos por qué.
No se trata de caer en un nacionalismo científico absurdo. El conocimiento no debería tener fronteras y la cooperación internacional es fundamental.
Se trata de desarrollar mejores mecanismos propios de detección del talento.
Universidades, empresas, gobiernos, organizaciones y medios deberían observar de manera mucho más sistemática aquello que está ocurriendo en sus propios ecosistemas.
¿Cuántos proyectos extraordinarios desaparecen porque nadie encontró al investigador en el momento adecuado?
¿Cuántas empresas nunca nacen porque su fundador no conoció a la persona que podía financiar la primera etapa?
Probablemente nunca sepamos la respuesta.
Ese es precisamente el problema.
Visibilidad también es oportunidad
Contar una historia no resuelve automáticamente estos desequilibrios.
Pero puede producir consecuencias.
Una publicación puede conectar a un investigador con una universidad. Una entrevista puede acercar un proyecto a un inversor. Un reconocimiento puede darle credibilidad a alguien que hasta entonces golpeaba puertas sin respuesta.
Por eso los medios dedicados a innovación y juventud no deberían limitarse a reproducir las listas elaboradas por las grandes publicaciones internacionales.
Debemos buscar antes.
Buscar más lejos.
Y aceptar que, muchas veces, las historias más interesantes todavía no tienen artículo en Wikipedia.
Cambiar el mapa
Silicon Valley seguirá produciendo innovaciones extraordinarias.
También Boston, Londres y las grandes universidades del mundo.
Celebrarlas no es el problema.
El desafío es comprender que el mapa de oportunidades que vemos no representa necesariamente el mapa del talento que existe.
Hay una enorme diferencia entre ambos.
Reducirla requiere inversión, educación e infraestructura. Pero también requiere algo mucho más sencillo: prestar atención.
Porque antes de financiar el talento hay que encontrarlo.
Y para encontrarlo, primero tenemos que decidir mirar en lugares donde casi nadie está mirando.
4. ¿Estamos educando a los jóvenes para conseguir empleo o para transformar la realidad?
Opinión
Durante buena parte del siglo XX existió una secuencia bastante clara.
Estudiar. Obtener un título. Conseguir un empleo. Desarrollar una carrera. Jubilarse.
Para millones de personas funcionó.
El problema es que seguimos preparando a muchos jóvenes para recorrer exactamente ese camino en un mundo que dejó de parecerse al que lo creó.
La inteligencia artificial acelera procesos, aparecen profesiones nuevas mientras otras se transforman, el conocimiento técnico envejece cada vez más rápido y una persona que hoy comienza la universidad probablemente deba reinventarse profesionalmente varias veces.
En ese contexto, enseñar únicamente a desempeñar una profesión ya no alcanza.
Saber cosas sigue siendo importante
A veces el debate educativo cae en una simplificación peligrosa.
Como toda la información está disponible en Internet, se afirma, memorizar ya no sirve.
No es cierto.
Para pensar necesitamos conocimiento.
Un médico necesita conocer anatomía aunque pueda consultar información en segundos. Un ingeniero necesita comprender matemáticas. Un periodista necesita historia. Un científico necesita dominar las bases de su disciplina.
No podemos desarrollar pensamiento crítico sobre aquello que desconocemos.
El cambio necesario no consiste en abandonar el conocimiento.
Consiste en preguntarnos qué hacemos con él.
Aprender a preguntar
Durante años la educación estuvo organizada alrededor de las respuestas.
El profesor pregunta. El estudiante responde. Cuanto más se parece la respuesta a aquello que esperaba el profesor, mejor es la calificación.
Pero buena parte de la innovación funciona al revés.
Primero aparece alguien que formula una pregunta que los demás no estaban haciendo.
¿Por qué hacemos esto de esta manera?
¿Podría costar diez veces menos?
¿Por qué esta comunidad no tiene acceso?
¿Qué pasaría si combináramos estas dos tecnologías?
Una buena pregunta puede convertirse en una investigación científica, una empresa o una política pública.
Sin embargo, cuestionar procedimientos todavía resulta incómodo en muchas instituciones educativas.
Queremos estudiantes curiosos hasta que su curiosidad modifica el programa.
Equivocarse también debería formar parte del aprendizaje
Existe otra contradicción.
Decimos que queremos emprendedores e innovadores, pero educamos a millones de personas en sistemas donde equivocarse tiene castigo inmediato.
Una respuesta incorrecta resta puntos.
Un examen desaprobado queda registrado.
Repetir una materia es fracaso.
Naturalmente, evaluar es necesario. Nadie quiere un cirujano que haya aprendido anatomía mediante ensayo y error con pacientes.
Pero existe una diferencia entre exigir conocimientos y construir una cultura donde cualquier equivocación genera vergüenza.
La innovación requiere experimentar.
Experimentar implica aceptar que algunas hipótesis serán incorrectas.
Aprender a fracasar bien —comprender qué ocurrió, corregirlo y volver a intentarlo— es una habilidad profesional extraordinariamente valiosa.
La inteligencia artificial obliga a replantear la educación
La aparición de herramientas capaces de escribir, programar, traducir, resumir y analizar información plantea un desafío evidente.
Prohibirlas completamente probablemente sea tan poco sostenible como habría sido prohibir las calculadoras.
Utilizarlas sin criterio sería igualmente irresponsable.
El desafío educativo será enseñar a trabajar con estas herramientas sin delegar en ellas la capacidad de pensar.
Un estudiante capaz de conseguir una respuesta perfecta mediante inteligencia artificial pero incapaz de detectar que esa respuesta contiene un error está peor preparado, no mejor.
La herramienta cambia.
La necesidad de criterio aumenta.
Formar ciudadanos, no solamente empleados
Existe además una dimensión que suele perderse cuando hablamos de educación y mercado laboral.
La escuela y la universidad no existen únicamente para producir trabajadores.
También forman ciudadanos.
Una persona necesita comprender información, distinguir evidencia de opinión, participar en discusiones públicas, convivir con quienes piensan diferente y tomar decisiones que afectan a otros.
En un mundo donde cualquier falsedad puede circular globalmente en segundos, esas habilidades son tan importantes como saber utilizar un programa informático.
Tal vez incluso más.
El trabajo que todavía no existe
Nadie puede diseñar hoy un programa educativo capaz de anticipar con precisión todos los empleos de 2045.
Por eso la mejor preparación posible no consiste únicamente en enseñar habilidades para las profesiones actuales.
Consiste en formar personas capaces de aprender las habilidades que todavía no sabemos que necesitarán.
Curiosidad.
Pensamiento crítico.
Capacidad de comunicación.
Conocimiento profundo.
Creatividad.
Adaptabilidad.
Trabajo con otros.
Responsabilidad.
Ninguna de ellas aparece mágicamente al cumplir 18 años.
Se entrenan.
Una pregunta diferente
Quizás llevamos demasiado tiempo preguntando a los jóvenes: “¿De qué vas a trabajar cuando seas grande?”.
Es una pregunta razonable. Todos necesitamos construir una vida económicamente sostenible.
Pero podríamos agregar otra:
¿Qué problema te gustaría ayudar a resolver?
Las dos preguntas no son incompatibles.
Al contrario.
Una educación verdaderamente preparada para este siglo debería conseguir que cada vez más jóvenes encuentren una manera de responder ambas al mismo tiempo.


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