
Una generación que teme a la soledad no debería ignorar la soledad de sus mayores
Tomás ValverdeHay una contradicción de nuestro tiempo que merece ser observada.
Probablemente nunca una generación habló tanto de salud mental, vínculos, ansiedad, necesidad de pertenencia y soledad como la actual. Jóvenes de todo el mundo han puesto sobre la mesa problemas que durante décadas permanecieron escondidos. Y eso constituye un avance.

Pero mientras discutimos la soledad de las nuevas generaciones, existe otra mucho más silenciosa.
Es la de quien se despierta sin tener con quién conversar. La de quien mira el teléfono esperando una llamada que no llega. La de quien perdió a su pareja después de varias décadas juntos. La de quien dejó de trabajar y descubrió que buena parte de sus relaciones también estaban vinculadas a su actividad laboral. La de quien tiene hijos y nietos, pero los ve cada vez menos porque todos parecen estar demasiado ocupados.
No ocurre con todos los adultos mayores y sería injusto asociar automáticamente vejez con abandono o tristeza. Millones de personas llegan a edades avanzadas manteniendo vidas sociales activas, proyectos, amistades, trabajo, viajes y nuevos aprendizajes.
El problema está en quienes quedan progresivamente fuera de esos espacios.
Y frente a ellos deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿cuánto de esa soledad es inevitable y cuánto estamos construyendo nosotros mismos como sociedad?
La soledad no siempre se ve
Existe una imagen muy evidente de la soledad: una persona viviendo completamente aislada.
Pero la realidad puede ser bastante más compleja.
Alguien puede tener hijos, nietos, vecinos y conocidos y, sin embargo, sentirse profundamente solo. Porque estar rodeado de personas no necesariamente significa sentirse acompañado.
La Organización Mundial de la Salud considera la soledad y el aislamiento social cuestiones relevantes para la salud y el bienestar. Sus estimaciones más recientes indican que aproximadamente uno de cada diez adultos mayores experimenta soledad y uno de cada cuatro se encuentra socialmente aislado.
Son conceptos diferentes. El aislamiento social tiene que ver con una escasez objetiva de relaciones o interacciones, mientras que la soledad está vinculada con la percepción de que los vínculos que tenemos no satisfacen nuestras necesidades de conexión.
Por eso una visita rápida realizada por obligación puede no resolver demasiado.
La cuestión no es solamente estar. Es conectar.
Hemos construido una sociedad que premia la velocidad
Parte del problema probablemente exceda a las familias.
Nuestra cultura contemporánea está organizada alrededor de la productividad, la velocidad y la novedad. Valoramos a quien produce, emprende, trabaja, viaja, aprende rápidamente y permanece permanentemente actualizado.
¿Pero qué sucede cuando una persona abandona el mercado laboral? ¿Cuando camina más despacio? ¿Cuando necesita que le expliquemos dos veces cómo funciona una aplicación?
Con demasiada facilidad comenzamos a interpretar la lentitud como una molestia.
Incluso nuestro lenguaje cotidiano puede revelar esa mirada. Decidimos por las personas mayores qué actividades les interesarán, qué tecnología podrán comprender o qué conversaciones deberían tener.
A veces dejamos de invitarlas porque suponemos que estarán cansadas.
O respondemos nosotros mismos una pregunta que alguien les hizo.
O explicamos algo tecnológico con impaciencia.
Son pequeños gestos. Ninguno parece particularmente grave por separado. Pero acumulados pueden transmitir un mensaje peligroso: el mundo continúa avanzando y ya no esperamos que formes parte de él.
Tal vez una parte del aislamiento de las personas mayores no provenga exclusivamente de sus circunstancias personales. También puede surgir de una sociedad que todavía no sabe integrar plenamente a quienes envejecen.
Los jóvenes tienen algo extraordinariamente valioso para ofrecer: tiempo
Cuando pensamos en ayudar solemos imaginar dinero, voluntariado organizado o grandes iniciativas solidarias.
Pero frente a la soledad existe un recurso mucho más sencillo.
Tiempo.
Una llamada de veinte minutos.
Un café.
Una caminata.
Preguntar cómo fue su juventud.
Enseñar a utilizar una aplicación sin demostrar impaciencia.
Invitar a alguien aunque pensemos que probablemente dirá que no.
Sentarse a escuchar una historia que quizás ya escuchamos anteriormente.
Son acciones pequeñas que difícilmente aparecerán en una fotografía de voluntariado, pero pueden tener un impacto enorme en la vida cotidiana de otra persona.
La propia OMS señala que existen distintas intervenciones utilizadas para combatir el aislamiento y la soledad en adultos mayores, desde grupos comunitarios y programas de acompañamiento hasta alternativas presenciales y digitales.
Pero no todo necesita convertirse en un programa.
También podemos empezar por nuestras propias familias y comunidades.
El error sería convertir a los mayores solamente en receptores de ayuda
Hay, sin embargo, una precaución importante.
Si planteamos esta conversación exclusivamente desde la idea de que “los jóvenes deben ayudar a los ancianos”, podemos caer en otra forma de prejuicio.
Las personas mayores no son solamente individuos que necesitan compañía.
También pueden ofrecerla.
Tienen conocimientos, recuerdos, habilidades y experiencias acumuladas durante décadas. Han atravesado cambios políticos, económicos, culturales y tecnológicos que para una persona joven solamente existen en los libros o en Internet.
Han amado, perdido, acertado y cometido errores.
¿Por qué desperdiciar semejante archivo humano?
Un encuentro intergeneracional verdaderamente valioso no debería funcionar bajo la lógica del joven que ayuda y el mayor que recibe. Ambos deberían tener algo para entregar y algo para aprender.
Un joven puede enseñarle a una persona de 80 años a utilizar una herramienta digital.
Esa misma persona puede enseñarle algo que ninguna aplicación puede ofrecerle: perspectiva.
La tecnología puede conectar, pero también excluir
Existe otra paradoja.
Las herramientas que deberían facilitar la comunicación pueden convertirse también en nuevas barreras.
Cada vez más actividades cotidianas requieren utilizar aplicaciones, códigos QR, sistemas de turnos, contraseñas, autenticaciones o plataformas digitales.
Para quienes crecieron utilizando estas tecnologías, muchas operaciones resultan intuitivas.
Para otros, no necesariamente.
La respuesta no debería ser hacer todo por ellos.
Debería ser ayudarlos a hacerlo por sí mismos.
Hay una enorme diferencia entre tomar un teléfono y decir “dame, yo lo hago” y sentarse junto a alguien para explicarle cómo hacerlo.
La primera opción resuelve un problema.
La segunda preserva autonomía.
Y probablemente esta sea una de las contribuciones más concretas que las generaciones digitalmente alfabetizadas pueden realizar.
Cinco cosas que cualquier joven podría comenzar esta semana
No necesitamos esperar una campaña internacional para actuar.
Podemos empezar con algo bastante menos espectacular.
Llamar a un abuelo, tío o vecino mayor sin necesitar pedirle nada.
Preguntarle por una etapa de su vida que nunca hayamos conversado.
Invitarlo a una actividad en lugar de asumir que no querrá participar.
Ayudarlo a utilizar alguna herramienta tecnológica que le permita comunicarse mejor con otras personas.
O simplemente reservar una hora para compartir un café sin mirar el teléfono cada cinco minutos.
Parecen acciones insignificantes.
Quizás justamente allí esté el error.
Hemos aprendido a medir el impacto en cantidades enormes: millones de visualizaciones, miles de seguidores, grandes campañas, estadísticas y tendencias.
Pero para alguien que atraviesa una situación de aislamiento, una conversación puede ser un acontecimiento importante.
Una sociedad intergeneracional sería también una sociedad más inteligente
Durante años hablamos de construir sociedades diversas. Esa conversación debería incorporar también la diversidad etaria.
Una comunidad compuesta únicamente por personas que piensan, consumen información y observan el mundo desde una misma generación inevitablemente pierde perspectivas.
Necesitamos jóvenes participando de las decisiones del presente.
Pero también necesitamos conservar el conocimiento de quienes vivieron el pasado.
No para idealizarlo.
Precisamente para comprenderlo.
Los adultos mayores pueden explicar qué funcionó, qué salió mal y qué consecuencias tuvieron decisiones que para las generaciones actuales son apenas capítulos históricos.
Los jóvenes, mientras tanto, pueden cuestionar aquello que siempre se hizo de determinada manera y aportar nuevas herramientas para resolver viejos problemas.
La experiencia sin renovación puede estancarse. La innovación sin memoria puede repetir errores.
Quizás una sociedad más equilibrada necesite ambas.
Algún día nosotros estaremos del otro lado
Existe finalmente una razón profundamente humana para prestar atención a este problema.
Si tenemos suerte, todos vamos a envejecer.
Algún día las aplicaciones que hoy manejamos naturalmente serán reemplazadas por tecnologías que quizás no comprendamos.
Nuestros trabajos terminarán.
Algunas personas que queremos ya no estarán.
Probablemente caminemos más despacio.
Y quizás exista entonces una generación mucho más joven que nosotros decidiendo cuánto tiempo está dispuesta a dedicarnos.
Por eso la soledad de los adultos mayores no debería ser entendida como “el problema de los viejos”.
Es una pregunta sobre qué clase de sociedad queremos construir para todas las etapas de la vida.
Podemos crear una cultura donde cada generación viva encerrada entre personas de su misma edad.
O podemos recuperar algo mucho más antiguo y, paradójicamente, revolucionario: generaciones diferentes compartiendo tiempo, conocimiento y afecto.
Los jóvenes no pueden resolver por sí solos el problema de la soledad.
Pero sí pueden hacer algo extraordinariamente concreto.
Pueden conseguir que una persona se sienta menos sola hoy.
Y a veces cambiar el mundo comienza exactamente de esa manera.


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