
La generación que heredará el futuro también debería participar en las decisiones del presente
Tomás ValverdeSuena alentadora. Incluso generosa.
Pero contiene una contradicción que pocas veces discutimos.
Si los jóvenes son el futuro, ¿cuándo comienza exactamente ese futuro?
Porque mientras les aseguramos que algún día tendrán la responsabilidad de dirigir empresas, gobiernos, universidades y organizaciones, las decisiones que condicionarán ese mundo futuro se están tomando ahora.
Y demasiadas veces se toman sin ellos.
Sentarse a la mesa no significa decidir
Durante las últimas décadas aumentaron considerablemente los espacios dedicados a la juventud. Existen foros, consejos, encuentros, programas internacionales y paneles juveniles.
Es un avance.
Pero también debemos reconocer una práctica bastante extendida: invitar jóvenes para hablar sobre jóvenes mientras las decisiones importantes continúan tomándose en otra sala.
La participación simbólica es mejor que ninguna participación, pero no debería ser nuestro punto de llegada.
Una institución puede tener un consejo juvenil, publicar fotografías de sus integrantes y organizar encuentros anuales sin modificar una sola de sus estructuras de decisión.
Participar significa algo más.
Significa poder influir.
La experiencia importa
Existe un argumento razonable para explicar por qué las organizaciones están dirigidas generalmente por personas de mayor edad: la experiencia importa.
Y es verdad.
Hay conocimientos que solamente aparecen después de haber acertado y, especialmente, después de haberse equivocado muchas veces.
Despreciar esa experiencia sería tan absurdo como excluir a los jóvenes.
El problema es presentar la discusión como si hubiera que elegir entre ambos.
Las mejores instituciones deberían conseguir combinar la experiencia acumulada durante décadas con la capacidad de interpretar un mundo que está cambiando a enorme velocidad.
Una persona de 60 años puede aportar conocimientos imposibles de adquirir a los 20. Una persona de 20 puede comprender comportamientos, tecnologías y transformaciones culturales que alguien de 60 quizá observa desde afuera.
Ninguna de esas perspectivas es suficiente por sí sola.
Juntas pueden ser extraordinariamente poderosas.
Las decisiones de hoy tienen consecuencias generacionales
Cambio climático, inteligencia artificial, sistemas jubilatorios, deuda pública, educación, empleo y vivienda.
Prácticamente todos los grandes debates contemporáneos comparten una característica: sus consecuencias se extenderán durante décadas.
Una decisión tomada en 2026 sobre inteligencia artificial puede afectar el mercado laboral de 2040.
Una política educativa diseñada hoy condicionará la formación de personas que seguirán trabajando en 2070.
Las decisiones ambientales pueden tener efectos durante generaciones.
Por eso la participación juvenil no debería entenderse solamente como una concesión destinada a “dar voz a los jóvenes”. También es una cuestión elemental de calidad institucional.
Quienes vivirán durante más tiempo las consecuencias de una decisión tienen algo legítimo que aportar a su discusión.
Juventud tampoco significa razón
Existe, sin embargo, otro error que debemos evitar.
Ser joven no convierte automáticamente a nadie en innovador, solidario o competente.
Así como cumplir 60 años no garantiza sabiduría, tener 22 tampoco garantiza comprender el futuro.
La participación juvenil pierde valor cuando se convierte simplemente en una cuota decorativa.
Los jóvenes deben llegar a espacios de responsabilidad por su preparación, capacidad, ideas y compromiso. Las instituciones, por su parte, tienen que crear mecanismos para que puedan llegar.
No se trata de reemplazar una discriminación por otra.
Se trata de ampliar la mesa.
El problema de pedir experiencia antes de permitir adquirirla
Muchas organizaciones exigen experiencia para acceder a responsabilidades que son precisamente las que permiten obtener esa experiencia.
Es una paradoja particularmente frecuente en el mercado laboral.
Buscamos jóvenes con iniciativa, pero estructuramos organizaciones donde prácticamente todas las decisiones necesitan autorización de alguien veinte años mayor.
Pedimos emprendedores, pero castigamos el error.
Hablamos de innovación, pero promovemos a quien nunca cuestiona un procedimiento.
Después nos preguntamos por qué tantos jóvenes sienten que las instituciones tradicionales no los representan.
La confianza también se aprende ejerciéndola.
Dar responsabilidad a una persona joven implica aceptar que puede equivocarse. Exactamente igual que una persona experimentada.

No son solamente el futuro
Tal vez deberíamos abandonar definitivamente aquella frase.
Los jóvenes no son el futuro.
Son parte del presente.
Estudian, trabajan, investigan, emprenden, pagan impuestos, crean empresas, desarrollan tecnología, producen cultura y participan de sus comunidades.
No necesitan esperar veinte años para tener algo que decir.
Eso tampoco significa entregarles las llaves de todas las instituciones mañana.
Significa construir organizaciones donde distintas generaciones puedan tomar decisiones juntas.
El verdadero progreso intergeneracional no llegará cuando los mayores se retiren y los jóvenes ocupen su lugar.
Llegará cuando dejemos de pensar el liderazgo como una sucesión de generaciones y empecemos a entenderlo como una colaboración entre ellas.


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