
No necesitamos más jóvenes famosos: necesitamos jóvenes que resuelvan problemas
Tomás ValverdeLas redes sociales terminaron de profundizar esa confusión. Hoy podemos conocer con extraordinaria precisión cuántas personas siguen a alguien, cuántas reproducciones consiguió un video o cuántas interacciones generó una publicación. Mucho más difícil es responder otra pregunta: ¿qué cambió concretamente esa persona?

No es una discusión contra los influencers ni contra quienes construyeron comunidades enormes en Internet. Algunos utilizan esa capacidad de comunicación de manera extraordinaria. El problema aparece cuando convertimos la popularidad en una medida automática de relevancia.
Ser conocido no convierte a alguien en líder.
Y ser desconocido tampoco impide serlo.
Los jóvenes que casi nunca llegan a nuestra pantalla
En universidades, laboratorios, pequeñas empresas y organizaciones sociales de todo el mundo hay jóvenes trabajando sobre problemas enormes.
Algunos investigan nuevas formas de diagnosticar enfermedades. Otros desarrollan tecnologías para obtener agua potable, reducir residuos, mejorar la producción de alimentos o acercar servicios médicos a comunidades aisladas.
Probablemente nunca acumulen millones de seguidores.
Eso no hace que su trabajo importe menos.
Hay algo extraño en una sociedad capaz de convertir en celebridad mundial a una persona en cuestión de horas mientras científicos, emprendedores sociales e innovadores pueden trabajar durante años sin conseguir siquiera que conozcamos sus nombres.
Los medios también tenemos responsabilidad en esa distorsión.
Resulta mucho más sencillo publicar aquello que sabemos de antemano que generará clics que apostar por una historia desconocida. Una celebridad trae consigo una audiencia. Un investigador de 24 años que está desarrollando una tecnología prometedora requiere explicar primero quién es, qué hace y por qué debería importarnos.
Pero precisamente allí está una de las funciones más valiosas del periodismo.
Liderar no es acumular seguidores
Durante mucho tiempo asociamos el liderazgo con cargos: presidentes, ministros, empresarios, rectores.
Las redes introdujeron otra asociación: líder es quien tiene audiencia.
Quizás necesitamos una tercera definición.
Liderar también es identificar un problema y conseguir que algo ocurra para resolverlo.
Desde esa perspectiva, una joven que desarrolla una herramienta barata para detectar una enfermedad en una comunidad sin hospitales puede ejercer un liderazgo enorme aunque nadie la reconozca cuando camina por la calle.
Lo mismo ocurre con quien crea una empresa que genera empleo, organiza a su comunidad para resolver una necesidad concreta o dedica años a una investigación cuyo resultado beneficiará a personas que probablemente jamás conocerá.
El liderazgo no siempre tiene escenario.
Muchas veces tiene laboratorio, taller, computadora o aula.
También debemos revisar a quién premiamos
Existe una pregunta incómoda que instituciones, medios y organizaciones deberíamos hacernos: ¿reconocemos a las personas porque hicieron algo extraordinario o porque su nombre hace más importante nuestro reconocimiento?
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
Cuando un premio necesita de la fama del premiado para adquirir relevancia, termina reforzando el mismo círculo: quienes ya tienen visibilidad reciben todavía más visibilidad.
Mientras tanto, miles de personas con trabajos extraordinarios permanecen fuera del radar.
Reconocer a alguien antes de que sea famoso implica asumir un riesgo. También constituye una forma mucho más genuina de reconocimiento.
Significa decir: observamos lo que estás haciendo y creemos que merece ser visto.
El éxito tampoco debería medirse solamente en dinero
Algo parecido sucede con el emprendimiento.
Celebramos las rondas de inversión, las valuaciones multimillonarias y a los jóvenes que se convierten rápidamente en millonarios. Son historias legítimas y muchas veces admirables.
Pero una empresa puede valer muchísimo dinero sin resolver un problema particularmente importante. Y un proyecto que transforma la vida de miles de personas puede no convertirse nunca en un unicornio.
No deberíamos tener que elegir entre rentabilidad e impacto. Las mejores innovaciones pueden conseguir ambas cosas.
Lo que debemos cuestionar es nuestra obsesión por utilizar únicamente variables económicas para determinar qué merece admiración.
Cambiar aquello que hacemos visible
Las nuevas generaciones necesitan referentes. Pero necesitan referentes diversos.
Necesitan saber quién ganó una medalla olímpica y quién llenó un estadio. También deberían conocer al joven que inventó una prótesis más barata, a la científica que está investigando un tratamiento, al emprendedor que consiguió llevar electricidad a una comunidad o a la estudiante que encontró una manera diferente de enfrentar un problema ambiental.
Lo que una sociedad decide mostrar también comunica aquello que considera valioso.
Si únicamente hacemos famosos a quienes entretienen, no podemos sorprendernos cuando millones de jóvenes concluyen que ser visto es más importante que ser útil.
Quizás el desafío no sea conseguir que los jóvenes dejen de querer ser famosos.
Quizás sea conseguir que hacer cosas extraordinarias vuelva a ser una manera de hacerse conocido.


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