
¿La salud mental está diezmando a una generación completa?
Jóvenes Líderes NewsLa evidencia internacional muestra que la salud mental de adolescentes y jóvenes se ha deteriorado durante más de una década. No afecta por igual a toda una generación ni significa que la mayoría padezca un trastorno psiquiátrico, pero sí alcanza a una proporción históricamente elevada y está comprometiendo estudios, relaciones, inserción laboral, autonomía y, en los casos más extremos, la vida.

Lo que está comprobado
La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental. La depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento están entre las principales causas de enfermedad y discapacidad durante esta etapa. Además, el suicidio es actualmente la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. (Organización Mundial de la Salud)
El informe más reciente y amplio de la OCDE, publicado en abril de 2026, concluye que la salud mental de niños, adolescentes y adultos jóvenes empeoró en la mayoría de los países estudiados. En nueve de once países con series comparables entre 2012 y 2022, los indicadores juveniles de mala salud mental se deterioraron a un ritmo promedio anual de entre 3% y 16%. La tendencia ya era visible desde mediados de la década de 2010 y fue agravada, pero no originada, por la pandemia. (OECD)
Esto es importante: no estamos observando únicamente una “generación menos tolerante” que habla más sobre sus emociones. Una parte del crecimiento de las cifras sí puede deberse a una mayor conciencia, mejores diagnósticos y menor estigma. Sin embargo, también aumentaron indicadores difíciles de explicar solo por cambios culturales, como las autolesiones, las hospitalizaciones y las conductas suicidas. En trece países analizados por la OCDE, las hospitalizaciones por autolesiones entre niñas y adolescentes aumentaron un 29% entre 2015 y 2023. (OECD)
En Estados Unidos, por ejemplo, la encuesta nacional de estudiantes secundarios de 2023 encontró que:
el 40% había experimentado tristeza o desesperanza persistentes;
el 20% había considerado seriamente suicidarse;
el 9% declaró haber intentado suicidarse durante el año anterior.
Las adolescentes mujeres y los jóvenes pertenecientes a minorías sexuales presentaron resultados especialmente preocupantes. (CDC)
No conviene trasladar automáticamente esos porcentajes al resto del mundo, pero evidencian la magnitud que el fenómeno puede alcanzar en determinados países y grupos.
América Latina no está al margen
En mayo de 2026, la Organización Panamericana de la Salud advirtió que la tasa de suicidio entre adolescentes y adultos jóvenes de las Américas había aumentado aproximadamente 38% en poco más de dos décadas, mientras que el incremento para la población general fue del 17%. La región de las Américas es, además, la única región de la OMS donde las tasas generales de suicidio han venido aumentando. (Paho)
UNICEF estima que alrededor de 16 millones de niños y adolescentes de América Latina y el Caribe viven con un trastorno mental diagnosticable y que diariamente mueren por suicidio más de diez adolescentes en la región. (UNICEF)
La situación argentina
Los datos argentinos también justifican una preocupación seria, aunque presentan problemas de subregistro y no siempre permiten reconstruir tendencias recientes con precisión.
Un informe de UNICEF sobre la situación de la infancia y la adolescencia en Argentina señala que, durante 2024, el 9% de los adolescentes de 13 a 17 años manifestó sentirse deprimido y el 13% angustiado. También detectó preocupación por la imagen corporal en uno de cada cinco adolescentes y síntomas compatibles con conductas alimentarias problemáticas en entre el 6% y el 8%.
En 2023, casi la mitad de las muertes de adolescentes argentinos se relacionaron con causas externas, principalmente accidentes y suicidios. Entre las adolescentes mujeres fallecidas por causas externas, el suicidio representó el 39,6%.
Desde que comenzó el sistema nacional de notificación en 2023 y hasta el 31 de octubre de 2025, se registraron 22.249 eventos relacionados con intentos de suicidio. Las tasas más altas se concentraron entre los 15 y los 24 años. El 61% de las notificaciones correspondió a mujeres, aunque la letalidad fue cinco veces mayor entre los varones. (Argentina.gob.ar)
Sin embargo, el Ministerio de Salud advierte que el aumento anual de las notificaciones no puede interpretarse directamente como un aumento real de intentos: en 2023 solamente informaban ocho provincias y, para 2025, ya participaban las veinticuatro jurisdicciones. Este es un ejemplo de por qué las cifras deben tratarse cuidadosamente. (Argentina.gob.ar)
¿Qué está enfermando a los jóvenes?
La investigación disponible no respalda una explicación única. Culpar exclusivamente a TikTok, a los teléfonos, a la pandemia, a la crianza o a una supuesta fragilidad generacional sería científicamente pobre.
La OCDE identifica una acumulación de presiones:
pobreza, desigualdad e inseguridad económica;
dificultad para acceder a vivienda y empleos estables;
violencia, abuso y experiencias adversas durante la infancia;
aislamiento y debilitamiento de vínculos presenciales;
bullying y ciberacoso;
presión escolar y temor al fracaso;
menor actividad física y alteraciones del sueño;
conflictos familiares;
sobrecarga informativa;
exposición permanente a guerras, crisis políticas y catástrofes;
incertidumbre climática y desesperanza sobre el futuro;
consumo problemático de alcohol y otras sustancias;
insuficiencia de servicios accesibles de salud mental.
La evidencia sugiere que estos factores no actúan por separado: se acumulan y se potencian entre sí. (OECD)
¿Las redes sociales son culpables?
Son parte del problema, pero no explican por sí solas la crisis.
Los estudios encuentran una asociación entre mayor uso de dispositivos o redes y peores indicadores de salud mental, pero el efecto promedio suele ser pequeño, variable y difícil de separar de otros factores. En muchos trabajos no se puede establecer con certeza qué ocurre primero: si las redes empeoran el malestar o si los jóvenes que ya se sienten solos, deprimidos o ansiosos pasan más tiempo conectados. (OECD)
No todo uso digital es equivalente. El impacto depende de:
qué contenido se consume;
si el uso es activo o pasivo;
si reemplaza sueño, ejercicio o encuentros presenciales;
si existe comparación corporal constante;
si hay ciberacoso;
si el joven pertenece a un grupo vulnerable;
y si encuentra en internet apoyo y comunidad que no posee fuera de la red.
Las redes pueden facilitar apoyo emocional, acceso a información y construcción de identidad. Pero también pueden convertir la comparación social, la humillación, las noticias alarmantes y la necesidad de aprobación en experiencias continuas, disponibles las veinticuatro horas. La conclusión más seria no es que “el celular destruyó a los jóvenes”, sino que el entorno digital amplifica vulnerabilidades preexistentes y añade riesgos nuevos. (OECD)
No toda angustia es una enfermedad
También existe el riesgo inverso: convertir cualquier tristeza, frustración o malestar cotidiano en un diagnóstico.
Una generación puede hablar más de salud mental y utilizar términos clínicos —ansiedad, trauma, depresión, trastorno— para describir experiencias que a veces forman parte de las dificultades normales de la vida. Esto puede inflar algunas encuestas basadas en autopercepción.
Pero reconocer este fenómeno no invalida la crisis. Hay una diferencia entre afirmar que todo joven angustiado tiene una enfermedad y negar el crecimiento real del sufrimiento grave. Los datos sobre suicidio, autolesiones, discapacidad, hospitalizaciones y deterioro funcional impiden reducirlo todo a una moda lingüística.
Las mujeres expresan más malestar; los varones mueren más
Uno de los patrones más consistentes es la diferencia por sexo.
Las adolescentes y mujeres jóvenes suelen reportar más depresión, ansiedad, insatisfacción corporal, autolesiones e intentos suicidas. Entre las posibles explicaciones aparecen la violencia sexual, el acoso, la presión estética, la comparación social y una mayor disposición a reconocer el sufrimiento.
Los varones, en cambio, suelen pedir menos ayuda y presentan mayor mortalidad por suicidio. En Argentina, los registros recientes muestran más intentos notificados entre mujeres, pero una letalidad cinco veces superior entre varones. (Argentina.gob.ar)
Por eso, una campaña centrada únicamente en “hablar de las emociones” es insuficiente. También se necesita detectar el aislamiento, el consumo de sustancias, la agresividad, la pérdida de interés, el fracaso escolar y las conductas de riesgo que pueden ser formas masculinas de expresar sufrimiento.
¿Está siendo “diezmada” una generación?
Literalmente, no. “Diezmar” significa destruir o reducir considerablemente una población, y puede sugerir que toda una generación está sucumbiendo de la misma manera. La mayoría de los jóvenes no presenta un trastorno mental grave y muchos muestran capacidad de adaptación, construyen proyectos y se recuperan cuando reciben apoyo.
Como advertencia periodística, la frase tiene un núcleo verdadero: una proporción extraordinariamente alta de jóvenes está entrando en la adultez con ansiedad, depresión, soledad, autolesiones, adicciones o desesperanza. Incluso aquellos que no cumplen los criterios para un diagnóstico pueden ver afectados su rendimiento, sus vínculos, su capacidad para trabajar y su expectativa sobre el futuro.
La formulación más rigurosa sería:
La crisis de salud mental está comprometiendo el futuro de una generación.
O, con mayor impacto:
Una generación bajo presión: la crisis de salud mental que está destruyendo silenciosamente la vida de millones de jóvenes.
La conclusión más importante
No estamos ante una generación inherentemente débil. Estamos ante jóvenes que atraviesan una etapa biológicamente vulnerable dentro de un entorno que combina hiperconexión, comparación constante, incertidumbre económica, vínculos debilitados, presión de rendimiento y exposición permanente a crisis globales.
La crisis es real, pero no inevitable. Las intervenciones más respaldadas incluyen vínculos familiares estables, sentido de pertenencia escolar, prevención del bullying, actividad física, sueño suficiente, alfabetización emocional, atención temprana, reducción del acceso a medios letales y servicios comunitarios que puedan atender antes de que una situación se convierta en una emergencia. La OMS destaca que muchas de las consecuencias se extienden hasta la edad adulta cuando los trastornos no son detectados ni tratados. (Organización Mundial de la Salud)
El problema no se resolverá diciéndoles a los jóvenes que abandonen el teléfono ni enviándolos a terapia como única respuesta. Exige actuar sobre el entorno digital, pero también sobre la pobreza, la violencia, la escuela, las familias, el acceso a atención y la falta de expectativas.
No estamos perdiendo a todos los jóvenes. Pero sí estamos permitiendo que demasiados lleguen al límite antes de que alguien los escuche.


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