
¿Cuando la terapia rompe una familia? El riesgo de una psicología que valida más de lo que cuestiona
Jóvenes Líderes NewsDurante las últimas décadas, la salud mental dejó de ser un tema tabú para ocupar un lugar central en la conversación pública. Se trata, sin dudas, de un avance positivo. Sin embargo, junto con esa evolución también ha surgido una tendencia que merece ser discutida: la creciente costumbre de etiquetar personas como "tóxicas" y presentar el alejamiento como la solución casi automática a los conflictos humanos.

La expresión "gente tóxica" se ha convertido en una de las más repetidas por gurúes de autoayuda, influencers y, según denuncian algunos especialistas, incluso por ciertos profesionales de la salud mental. El problema no es reconocer que existen relaciones abusivas o personas realmente dañinas. Es utilizar esa categoría de manera indiscriminada, simplificando conflictos familiares complejos en relatos donde siempre hay una víctima absoluta y un culpable absoluto.
En ese contexto aparece una preocupación cada vez más frecuente: ¿está parte de la psicología abandonando su función de ayudar a pensar para convertirse en un espacio donde simplemente se valida la percepción del paciente?
La terapia debería ser un lugar donde las personas puedan revisar sus creencias, cuestionar sus interpretaciones y reconocer también sus propios errores. Un buen profesional no solo acompaña; también confronta, pregunta y desafía aquellas conclusiones que no están suficientemente fundamentadas.
Sin embargo, diversos críticos advierten sobre una práctica que puede resultar profundamente dañina: confirmar sistemáticamente la versión del paciente sin explorar otras hipótesis, sin analizar el contexto completo y sin considerar que, como cualquier ser humano, también puede estar equivocado.
Cuando esto ocurre en conflictos familiares, las consecuencias pueden ser irreparables.
Padres e hijos dejan de hablarse durante años. Hermanos rompen todo contacto. Abuelos pierden la posibilidad de conocer a sus nietos. Familias enteras terminan fracturadas porque una relación imperfecta fue presentada como una relación necesariamente destructiva, sin haber agotado antes las posibilidades de diálogo, comprensión o reconciliación.
Resulta llamativo que, en una sociedad que proclama la diversidad y la inclusión, parezca disminuir la tolerancia hacia quienes piensan distinto, tienen defectos o atraviesan dificultades personales. Cada vez con mayor frecuencia, el consejo no consiste en reparar vínculos, sino en eliminarlos.
Por supuesto, existen situaciones en las que tomar distancia constituye una medida necesaria. La violencia, el abuso, la manipulación grave o cualquier conducta que ponga en riesgo la integridad física o psicológica justifican el alejamiento. Pero esos casos no deberían utilizarse para convertir cualquier conflicto cotidiano en una razón suficiente para romper una familia.
La cultura del positivismo tóxico parece haber reemplazado valores como la paciencia, el perdón y la compasión por un individualismo emocional donde el bienestar personal se transforma en el único criterio para juzgar las relaciones humanas.
En ese escenario, la terapia corre el riesgo de convertirse en una cámara de eco, donde el objetivo deja de ser comprender la realidad y pasa a ser confirmar aquello que el paciente ya cree.
Como resume una reflexión del libro Lo que me dejan los 30:
> "Gurúes contemporáneos te enseñan no que existen prójimos con dificultades, sino 'gente tóxica'. Partiendo de este concepto, lo importante pasa a ser tu habilidad para sacártelos de encima, no de ayudarlos. Peligroso concepto. Si todos creyeran que los distintos son perjudiciales, el resultado es más intolerancia. Una humanidad que camina rumbo a la soledad."
El verdadero desafío para la psicología, y para la sociedad en su conjunto, no consiste en multiplicar las etiquetas, sino en recuperar la capacidad de discernir. Acompañar no significa dar siempre la razón. Escuchar no implica confirmar cualquier interpretación. Y cuidar la salud mental tampoco debería equivaler, por defecto, a romper los vínculos más importantes de una vida.
Este debate no busca desacreditar a la psicología, una disciplina que ha contribuido enormemente al bienestar de millones de personas. Busca recordar que, precisamente por la enorme influencia que un terapeuta puede ejercer sobre las decisiones de sus pacientes, su responsabilidad ética exige algo más que empatía: exige también prudencia, pensamiento crítico y el coraje de decir, cuando la evidencia lo indique, que un paciente también puede estar equivocado.



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